
Una campaña política es una teatralización del enfrentamiento entre formas de administrar el poder. En ese acto se presentan en forma simbólica las formas de reacción de los candidatos ante situaciones presentes, las que informaran o harán creer al electorado acerca de cómo se desenvolverían los postulantes en caso de llegar al gobierno. Así, en ese acto de anticipación por parte del elector, se depositarán proyectos de vinculación entre la persona, su sociedad y sus representantes.
En su estructura, las campañas poseen dos instancias claves: la de la construcción de la significación social de las propuestas electorales, y la de la puja por la agenda de debate que se instale durante la elección.
En el primer caso, se trabaja acerca del rol social que el candidato ocupa para su electorado, así este puede ser referencia de eficiencia, coherencia con determinadas reglas o lo pertinente para un determinado contexto.
En el segundo caso, el eje de la campaña pasa por lograr que el electorado sea interpelado por una clasificación de los contendientes que sea beneficiosa para el candidato propio. De esta manera si la gente, o el trauma social, exigen de postulantes eficientes para un determinado escenario, el candidato cuya significación sea esa será el beneficiado.
En su dinámica y a diferencia de la lógica de productos, en una campaña lo importante es el resultado del ritmo y no de una suma de momentos aislados, ya que en el instante de la elección ese ritmo es el que fijara la solidez de la representación del candidato para el mundo del elector.
Finalmente, la campaña política es un encuentro de sentido colectivo, es decir que la interpretación de la realidad y de la esperanza social se traduce por esta vía en caminos que se construyen tanto por los candidatos como por el electorado.
©Sebastian Guerrini, 2009
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