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Es posible pensar que las imágenes tienen impacto sólo si logran ser o convertirse en la realidad. Este hecho nos impulsa a tratar de definir a la realidad.

Para Lacan, lo real es un absoluto “sin fisuras” (Lacan, 1988: 97) que se resiste a ser simbolizado, a ser interpretado y explicado por nuestras palabras. Barthes también reflexiona sobre nuestra imposibilidad de obtener certezas sobre lo real. El se pregunta: “Pero, ¿qué es real? algo que sólo puede ser conocido bajo sus efectos (mundo físico), las funciones (mundo social) o sus fantasmas (mundo de la cultura)” (Barthes, 2003: 224).

Esta cuestión nos recuerda lo que Stanivslansky planteaba acerca de la verdad en el teatro, no como algo demostrable sino solo como algo en lo que debemos creer sinceramente para que sea real. En ese teatro y quizás en la vida, la verdad sería inseparable de la creencia, dado que uno no puede existir sin el otro, donde “es absolutamente necesario que uno viva su papel con fe en él y en la realidad de las sensaciones” (Stanislavsky, 1989: 141).

 

Así, podemos pensar que lo mismo sucede con las imágenes que creamos, donde lo importante implica no sólo el ejercicio de la representación, sino la voluntad de pretender ser lo real. Si esto se logra, quizás la reacción y las sensaciones que le despierten esa imagen al espectador, fijará el sentido de la realidad tan firmemente que, después de un tiempo, fuese natural e inevitable que realidad, significado e imagen sean lo mismo.

 

© Sebastián Guerrini, 2009



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